EL CONGRESO: OTRO INSULTO A LA INTELIGENCIA

No he visto la anterior obra del director Ari Folman, Vals con Bashir, supongo que en algún momento me atreveré a echarle un vistazo, en concreto, cuando vuelva a recuperar la confianza en este creador después del rotundo fracaso de su nueva cinta, El Congreso, estrenada la semana pasada, la cual me había creado buenas expectativas. Desconocía que se trataba de una adaptación del relato “Congreso de Futurología” de Stanislaw Lem, autor de Solaris y muchas obras de Ciencia Ficción. Bueno, no he leído el relato original pero sé qué es lo que cuenta, y cualquier parecido con lo que tiene lugar en esta película es pura coincidencia. En los créditos ponía “basado en”… lo cierto es que de poco sirve, porque en sí misma, la película es una catástrofe que no hay por donde cogerla.

La protagonista es Robin Wrigth, actriz que se interpreta así misma. Esta mujer me encanta como actriz y a medida que pasan los años, la madurez la sienta fenomenal (recomiendo verla en House of Cards con un impresionante Kevin Spacey). La película comienza con una Robin Wright que ya no interesa a nadie, ya no recibe papeles debido a su “edad”, y entonces una productora la ofrece la posibilidad de ser digitalizada. Compran su identidad y ella ya no tendrá que rodar ni tampoco podrá rechazar ningún papel. Parecía ponerse interesante el tema cuando el film se dispone a criticar los avances tecnológicos que, posiblemente en el futuro, cambien totalmente la industria y también surge el debate sobre las elecciones del ser humano y la negación de la libertad para poder llevarlas a cabo.

De pronto, la película se convierte en una cinta de dibujos animados en la que el espectador se siente como si hubiese entrado a la proyección estando fumado. El guión se convierte poco a poco en un disloque, en un pobre intento por mostrarnos las miserias del ser humano. Los peligros de la tecnología, la deshumanización, cómo renunciamos a la libertad a cambio de la seguridad y cómo, ante todo, el ser humano es egoísta y busca la autorrealización. El espectador no es imbécil por regla general (aunque hay directores que parecen pensarlo al igual que una gran parte del público objetivo de estos films, esos pseudointelectuales que se creen moralmente superiores) y somos capaces de percibir claramente que el director quiere decirnos algo sobre lo que estamos haciendo con nuestras vidas, avisarnos de que en unos pocos años podemos convertir este mundo en un lugar repelente para vivir en él. Un mundo que, como bien refleja el film, la gente está dividida en dos grupos: los que viven en la realidad, y los que prefieren vivir sometidos a las drogas químicas que nos hacen pensar que somos algo que no somos.

Espero haberme hecho entender porque, francamente, se me hace muy complicado explicar algo referente a esta película. Lo que tengo claro es que se me hizo tediosa y me pareció un insulto a la inteligencia de los espectadores. ¿Qué razón lleva a Robin Wright a hacer este producto inane? Se me escapa igualmente la comprensión de ese misterio. Esta cinta es una muestra del nivel de basura intelectual que puede alcanzar el séptimo arte en determinadas ocasiones.

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